El otro por-venir

Antes de nacer, el grupo familiar imagina y simboliza al bebé. Aulganier propone la categoría de cuerpo imaginado para dar cuenta de este trabajo anticipado de las funciones parentales sobre el niño. Así éste, se confronta desde un primer momento con un mundo simbólico que le proyectan los otros. El bebé es el soporte narcisista del grupo; y la función de la familia es dar un lugar al nuevo integrante filiándolo a la cadena generacional, proyectándole ideales y valores, etc.

Si el espacio intersubjetivo está regido por la violencia secundaria, el niño es candidato a ser tomado como objeto de proyección de los otros y el espacio intersubjetivo deviene relación de objeto.

La subjetividad que vendrá quedaría reducida a repetir un cuadro ya pincelado por las generaciones anteriores. Por el contrario, si la violencia primaria es la que rige el contrato, además de ser objeto de proyecciones de figuras ya pintadas; el grupo va a transmitir también la potencialidad vinculante inherente a todo vínculo. Esto implicará una posibilidad de no definir el vínculo por lo anterior, lo preestablecido; sino dejar en suspenso la posibilidad de que el niño sea diferente, altero, por-venir.

El espacio intersubjetivo entre un hijo y quienes sostienen las funciones parentales puede advenir relación de objeto o vínculo. El primero ocupa un lugar de objeto de proyecciones de los otros; mientras que el vínculo deviene cuando aún, cumpliendo el grupo con la función de transmisión, aloja a la subjetividad naciente como un sistema abierto.

Al portar el grupo la función de la potencialidad vinculante también transmite algo de la esencialidad del sujeto: su falta. La transmisión de la potencialidad vinculante conlleva la transmisión esencial de la falta inherente a todo sujeto, que habilita el movimiento deseante de búsqueda y construcción de sentidos posibles po-venir que den consistencia a cada subjetividad.

Para apropiarse de la potencialidad vinculante transmitida por los padres, el hijo tiene que realizar muchos trabajos psíquicos durante la infancia y la adolescencia, para construir y conquistar las categorías de vínculo y de alteridad. Que un sujeto construya la categoría de alteridad implica que pueda considerar al otro en su diferencia: con un cuerpo separado y deseo diferente. Implica asumir la diferencia del otro y la propia.

La primera experiencia que tiene el infante del otro se juega en un registro pictogramático, de sensaciones corporales. En la continuidad del vínculo de apego es imprescindible que se ponga en juego la diferencia, la ausencia. Esto posibilita la creación de la fantasía y el deseo. Allí reside el primer registro de la alteridad, al modo de una diferencia sensorial.

El sabor del encuentro en la infancia[editar | editar código]

Lo extraño[editar | editar código]

La constitución de la categoría del extraño implicaría una primera simbolización de la diferencia, de la alteridad del sujeto. Se conceptualizan 3 momentos:

  1. El primer tiempo del proceso de reconocimiento de uno mismo es el de no tener rostro. La falta implica todo el vacío de constitución.
  2. El segundo tiempo es el de tener el rostro de la madre. Este momento está fundado en inclusiones recíprocas. El sujeto es lo que percibe. No hay distancia ni diferencia entre el sujeto y el otro (la madre).
  3. El tercer tiempo se define por la percepción del rostro del otro como otro. Ya se percibe y registra la diferencia. Esto inaugura la posibilidad de ser diferente de la madre.

Estadio del espejo[editar | editar código]

Cuando el sujeto llega a reconocerse en la imagen especular, ya porta con la experiencia de la teoría del rostro, con la constitución de la categoría de lo extraño. Esta imagen no crea la alteridad, sino que confirma al sujeto en su alteridad primordial. A través de ésta vuelve a convertirse en el otro que fue antes y que nunca dejó de ser.

El sabor del encuentro en el entretiempo puberal-adolescente[editar | editar código]

La alteridad del propio cuerpo[editar | editar código]

El cuerpo erógeno de la infancia empieza a constituirse desde el deseo de los padres, de los otros. El trabajo puberal-adolescente se inscribe como un verdadero acontecimiento, desordena lo infantil y da lugar a lo nuevo. El cuerpo sexuado interrumpe como algo extraño. El adolescente podrá investir su cuerpo, tatuarlo, pintarlo y vivenciarlo con placer. Podrá contar con el grupo de pares como soporte de la función del espejo: otros en quienes reconocerse e identificarse.

Cuando en la subjetividad predominan procesos de metamorfosis, se vivencia como la emergencia de algo monstruoso. Esto daría cuenta de un fracaso en la constitución de la categoría de lo extraño. Cuando predominan los procesos de transformación, los cambios se vivencian con inquietud y extrañeza, pero sin perder la mismidad del sujeto.

El sabor del cuerpo sexuado vincular[editar | editar código]

La iniciación sexual en la adolescencia marca un antes y un después en la subjetividad. Con el otro se escribe el cuerpo genital, donde la vivencia de satisfacción se transforma en vivencia del orgasmo, y se escribe la alteridad del otro. Esto requiere una conquista y un pasaje donde los encuentros con el otro dejan de ser relaciones de objeto y devienen vínculo. En un proceso saludable se construye la categoría de cuerpo sexuado vincular cuando el encuentro intersubjetivo con el otro deviene vínculo, y esto sólo es posible si ambas subjetividades inscriben algo de la falta que los define como sujetos.

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Mariana Soler +