Meditaciones metafísicas

Primera meditación[editar | editar código]

La primera meditación revela cuatro situaciones que tienen el potencial de confundir nuestras percepciones lo suficiente como para invalidar una serie de enunciados sobre el conocimiento. El más importante de los argumentos invalidantes que Descartes presenta es el genio maligno. Otros ejemplos de esta meditación serian la idea que Dios nos engaña o que existe un paralogismo en nuestras vidas.

Segunda meditación[editar | editar código]

La segunda meditación contiene el argumento de Descartes sobre la certeza de la propia existencia, incluso ante la duda de todo lo demás:

Me he convencido de que no hay nada en el mundo, ni cielo, ni tierra, ni mente, ni cuerpo. ¿Implica ello que yo tampoco exista? No: si hay algo de lo que esté realmente convencido es de mi propia existencia. Pero hay un engañador de poder y astucia supremos que me está confundiendo deliberada y constantemente. En ese caso, y aunque el engañador me confunda, sin duda, yo también debo existir... la proposición «yo soy», «yo existo», es necesariamente cierta para que yo la exprese o algo confunda mi mente.

En otras palabras, la conciencia implica la existencia. En una de las réplicas a las objeciones del libro, Descartes resumió este pasaje en su ahora famosa sentencia: «Pienso, luego existo» (en latín: Cogito ergo sum). Sería absurdo pensar que cuando vemos y sentimos en realidad no sabemos ni sentimos que estamos viendo y sintiendo: puedo pensar y dudar de si el mundo existe o no, pero está claro que cuando pienso eso mi pensamiento efectivamente existe. Por tanto, «pienso (dudo), luego existo».

Tercera meditación[editar | editar código]

En la tercera meditación, Descartes da argumentos para la demostración de la existencia de Dios. Primeramente lo hace desde un punto de vista epistemológico, pues se pregunta si es que todas sus ideas las ha creado él. Descartes menciona que las ideas necesitan una causa formal y una causa real que deben tener las características necesarias para producir un determinado efecto, en este caso la idea. Como aun no sabe si existen otras personas en el mundo, presupone que casi todas las ideas han sido creadas por él, pues él tiene noción del espacio, la longitud, la profundidad, etcétera. Sin embargo existe una idea que él tiene que es imposible atribuírsela a si mismo, es la idea de la perfección. La idea de lo infinito no pudo haber sido creada por él porque tendría que ser infinito él mismo (causa real), pero no puede ser infinito porque tendría que ser perfecto, y no es perfecto porque ha creído cosas como ciertas cuando no lo son. Entonces decide la idea del infinito no puede ser simplemente una negación de lo finito, pues es mucho más fácil pensar en algo infinito que en algo finito.

Cuarta meditación[editar | editar código]

Habiendo demostrado la existencia de Dios, hemos apreciado también que nosotros somos imperfectos, una imperfección que se demuestra a la hora de realizar juicios. No podemos saber si algo es cierto o no; pero, si Dios es perfecto, el engaño y el fraude son imperfectos; lo que nos lleva a pensar que no pueden proceder de Dios. Aunque nosotros, a través de la razón, podemos distinguir entre lo verdadero y lo falso, también muchas veces hemos sido inducidos al error. Pues, siendo producto de Dios como somos, ¿cómo es posible que seamos imperfectos? Cuando queremos distinguir entre lo verdadero y lo falso usamos el entendimiento y la voluntad. El entendimiento nos permite captar nuestro entorno pero no afirma ni niega nada; por lo tanto el error tiene que proceder de la voluntad; al ser más amplia, realiza juicios sobre cosas que no conoce, llevándonos al error.

Para no caer en el error, debemos usar la razón antes que la voluntad. Dios nos proporcionó la «herramienta» de la voluntad y nosotros le hemos dado un mal uso. Para realizar buenos juicios, debemos ver si la idea viene de Dios y es clara y distinta —pues será verdadera—, y debemos evitar ideas confusas, probablemente creadas por un genio maligno.

Quinta meditación[editar | editar código]

La quinta meditación contiene otra prueba de la existencia de Dios, esta vez un argumento ontológico. El argumento parte de una definición de Dios como un ser con todas las perfecciones, y de considerar a la existencia como una perfección (lo que existe es más perfecto que lo que no existe). A partir de esto, Descartes observa que así como no se puede pensar una montaña sin una ladera, pues la ladera forma parte del concepto de montaña, del mismo modo no se puede pensar a Dios sin atribuirle la existencia, pues la existencia forma parte del concepto de Dios. Y dado que podemos pensar en Dios, se sigue que Dios existe.

Sexta meditación[editar | editar código]

La sexta meditación es crucial para la comprensión de la relación entre cuerpo y alma, dado que para Descartes, probar la existencia es a la vez inteligir y a la vez describir ontológicamente aquello cuya existencia fue probada en primer lugar. Descartes propone dos argumentos para sugerir la distinción radical entre alma y cuerpo, y por otra parte, tres argumentos para persuadirnos de su íntima unión.

Argumentos de la separación:

  • Argumento de la «naturaleza simple»: toda idea que pueda ser percibida racionalmente según los parámetros de la claridad y la distinción corresponde unívocamente, sostiene Descartes, a una naturaleza simple, de modo tal que el cuerpo no puede ser parte «esencial» del alma, ya que, como lo mostró la Meditación Primera, en la idea de cogito no está la idea de un cuerpo.
  • Argumento de la divisibilidad: a diferencia del cuerpo, que es divisible en partes, el alma es indivisible. Cuando trabaja, lo hace con la totalidad de su ser. El alma es, por esto, inextensa. Ahora bien, hay cierta tensión en cuanto al carácter de la extensión corporal, ya que, en otros pasajes, Descartes admite que «mi cuerpo, a pesar de haber cambiado de dimensiones desde que era un niño, fue siempre el mismo».

Argumentos de la unión:

  • Argumento del entendimiento [posibilidad]: que podamos concebir (en el sentido de inteligir) la unión del cuerpo con el alma hace posible la existencia del cuerpo. Pues lo único que repugna la posibilidad de la existencia es la contradicción lógica.
  • Argumento de la imaginación [probabilidad]: por las mismas razones esgrimidas en el argumento de la «naturaleza simple», la imaginación es una facultad inesencial al alma. La imaginación sólo parece ser posible cuando el alma está unida a un cuerpo. Ahora bien, la diferencia entre el entendimiento y la imaginación no es en modo alguno de contenido, sino que su diferencia es fenomenológica: tiene que ver con la «noesis» que caracteriza a cada uno es distinta. Mientras que la evidencia es un «mirar con claridad y sin esfuerzo», la imaginación requiere de un acto del alma con un esfuerzo notable. El quiliágono es el mismo, pensado o imaginado, pero el «esfuerzo» del alma es distinto en cada caso.
  • Argumento de la sensación y la veracidad divina [evidencia]: la experiencia pasiva de los diversos estímulos externos nos hace pensar en nuestra íntima conexión con el cuerpo. En efecto, una sensación como el hambre no es un evento fisiológico (como un puro mecanismo), ni tampoco un evento mental (como lo percibiría Dios o un ángel), sino que el hambre es una vivencia que se constituye en el compuesto de ambos. Esto dio lugar a lo que Cottingam llamó «trialismo atributivo», a saber, la idea de que hay eventos que no pueden reducirse a una ni a otra sustancia. Pero como no se postula un «tercera res», decimos que este trialismo, no modifica el dualismo ontológico.
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