La autobiografía del yo

Definiciones[editar | editar código]

Yo esencial: el yo como sustancia o esencia previa a cualquier esfuerzo por describir al yo.

Yo conceptual: alternativa al Yo esencial. Se entiende al yo como un concepto creado por la reflexión. Persiste el realismo del yo, pues la cuestión era si el concepto de Yo construido de esa forma era un concepto verdadero, si reflejaba al Yo «real» o esencial.

Desarrollo[editar | editar código]

Al dejarse de lado el realismo, la preocupación sobre la naturaleza del Yo se vuelve de carácter más transaccional. Desde este punto de vista, el Yo depende del diálogo, concebido tanto para el receptor como para fines intrapsíquicos.

Surge el contextualismo transaccional: se trata de la idea de que la acción humana para poder ser explicada debe estar situada, ser concebida como un continuo con un mundo cultural; no puede ser explicada solo por factores intrapsíquicos. Concibe a las realidades que la gente construye como realidades sociales, negociadas con otros y distribuidas entre ellos. Desde el contextualismo, llegar a saber algo es una acción situada y distribuida. Así, surge la concepción distribuida del yo: el yo distribuido se consideraba como una construcción procedente tanto del exterior al interior como del interior al exterior; de la cultura a la mente, como de la mente a la cultura (concepción dialéctica).

Gergen fue uno de los primeros en adoptar una concepción interpretativa, constructivista y «distributiva» de los fenómenos psicológicos. Según él, en sentido distributivo el Yo puede considerarse como producto de las situaciones en las que opera.

Gergen afirmó que existen dos rasgos universales que tienen que ver con la forma en que el hombre se orienta en la cultura y el pasado:

  • La reflexividad humana: nuestra capacidad de volvernos al pasado y alterar el presente en función de él, o de alterar el pasado en función del presente;
  • La gran capacidad intelectual para imaginar alternativas.

De esta manera, somos tanto «criaturas de la historia» como agentes autónomos. Así como la cultura nos procura guías para encontrar un nicho entre la estabilidad y el cambio, el Yo, utilizando la reflexividad e imaginando alternativas, rechaza, acepta, revalúa o reformula aquello que la cultura le ofrece.

A fines de los '70 y principios de los '80 surge la noción del Yo narrador: el Yo cuenta historias en las que se incluye un bosquejo de Yo como parte de la historia.

Surgió, además, entre los psicólogos la cuestión de si el amplio círculo de gente que le importa a uno pueden considerarse también cómplices de nuestras narraciones y construcciones de nosotros mismos, de manera tal que dicho círculo pudiera ser algo parecido a un Yo distribuido, de la misma manera en que nuestra notas y nuestros procedimientos de buscar información pasan a ser parte de nuestro conocimiento distribuido.

En otras palabras, comenzó a considerarse el Yo distribuido como enredado en una red constituida por otros entre los constructivistas sociales. Bruner considera que una buena forma de resumir la situación de la noción actual del yo es definiéndolo como una configuración no estática de acontecimientos personales en una unidad histórica, que incluye lo que hemos sido y las previsiones de lo que vamos a ser.